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Las ollerías
de Campillo de Altobuey
El
callejero campillano aún
conserva en la actualidad el
recuerdo de su pasada actividad
en una calle con el nombre
"Calle de Ollerías",
separando dos antiguos arrabales,
el del Coso y el de Cantarranas,
en cuya periferia se habían
de situar, necesariamente,
los hornos y obradores. Si
bien los datos que tenemos
pueden referirse al presente
siglo, la antigüedad de
las ollerías campillanas
es mucho mayor, ya que disponemos
de información histórica
sobre las mismas pertenecientes
al siglo XVIII. Dicha información
la encontramos en el "Libro
de Caja", comenzado en
1.722, donde figuran una relación
de cuentas con diversos profesionales,
siendo una de ellas con el
"Alfaharero. Quenta
con Alonso Sahuquillo, alfaharero
de esta Comunidad. Bartolo
de Yepes; Juan Sahuquillo".
Son los primeros alfareros
campillanos con nombre y apellidos
de los que, por el momento
tenemos información.
Estamos ante una alfarería
bien documentada históricamente
durante casi tres siglos, de
la que se nos han conservado
bastantes piezas.
Materia
prima: La arcilla
Después
de este breve recorrido histórico
vamos a adentrarnos en el proceso
productivo. La arcilla era
extraída de los barreros
del Tejar Viejo, en el paraje
denominado "Los Lavajos",
a unos dos km. Del pueblo.
Vemos, según esto, que
también se fabricaron
tejas curvas árabes
en Campillo. Este Tejar Viejo
tenía una ubicación
perfecta para desarrollar su
actividad: situado en el lugar
de obtención del barro,
junto a unos lavajos o charcas
que recogen el agua de la lluvia
y que rara vez se secan y pozo
para abastecer de agua en el
amasado, así como la
leña suficiente para
la cocción en los hornos
proporcionada por el cercano
monte.
Sirviéndose, pues, de
los elementos del pico, pala
y azadón, se obtenía
la arcilla en gruesos terrones
para ser conducida, poco a
poco, a la era situada junto
al obrador, donde había
de ser molida mediante el rulo
de piedra (tronco cónico
movido por una caballería
o pequeño rodillo).
Detrás del rulo, un
sistema sencillo de hierros,
ganchos o rastrillo, iba volviendo
a remover la arcilla triturada
para ser chafada de nuevo en
la próxima pasada de
rulo.
Con buen criterio práctico,
cuando el alfarero consideraba
la arcilla suficientemente
desmenuzada, pasaba la tierra
molida por una criba terrera
que permitía la separación
de las granzas, devueltas otra
vez a la era para seguir siendo
molturadas, y el desecho de
piedrecillas que estropearían
el futuro cacharro.
En un segundo proceso de refinado,
lo obtenido con ese cernido
era pasado después por
una criba o cedazo de tamiz
mucho más fino. Esta
arcilla en polvo se ponía
a remojo en una pila de piedra
durante toda una noche antes
de ser amasada por el alfarero
y sus ayudantes, determinando
por propia experiencia cuando
el sobado de la arcilla era
suficiente y estaba dispuesta
para ser trabajada.
La mayoría de las piezas
se hacían con esta arcilla,
si bien cuando se quería
hacer botijos y morteros se
mezclaba alguna tierra cementosa
compactante sacada de otras
vetas de los mismos parajes.

Inicio
El
torno
Nunca
ha sido eléctrico, no
dio tiempo; el propio artesano
lo movía con su pie
y es de la tipología
frecuente y conocida en Cuenca
o Priego, con una rueda inferior
volandera y otra superior y
más pequeña,
la cabezuela, donde se hace
subir al barro; asiento para
el artesano y bancos laterales
para colocar la arcilla y el
producto torneado.
El bien sencillo instrumental
se reduce a un hilo resistente
para cortar y separar la pieza
de su base, un trozo de caña
para alisar y un pequeño
recipiente con agua para humedecerse
las manos y un trapo para suavizar.
Normalmente las piezas acabadas
son dejadas al oreo un par
de días como mínimo,
para que perdieran la humedad,
siendo entonces cuando se les
pegaban las asas. Los arcaduces
de noria no eran oreados.

Inicio
El
vidriado
Se
conseguía mediante un
baño dado con el "alcohol
del alfarero", también
llamado "alcohol de hoja",
que no es otra cosa que sulfuro
de plomo (azufre y plomo) o
galena disuelto en agua, proveniente
de las minas de Linares (Jaén).
Es el producto más caro
de todo el proceso, pudiéndose
observar en algunas piezas
de las conservadas que el artesano,
en cualquier época de
la historia, es un auténtico
avaro del líquido del
baño y trata de ahorrar
lo que puede.
Para conseguir tonalidades
de vidriado más rojizas,
se añadía al
sulfuro de plomo jienense óxido
de hierro procedente de las
fraguas y herrerías
de la localidad y proporcionado
desinteresadamente por los
herreros; esta herrumbre era
bien machacada y cernida y
el finísimo polvo rojo
oscuro se añadía
al "alcohol".
Una vez se bañaban las
piezas, estas permanecían
unos quince días secándose
antes de ser introducidas en
el horno para su cocción.

Inicio
El
horno
A
la vista de los restos que queda, debieron ser la conocida
tipología moruna, con
una cámara de cocción
abovedada y rendijas superiores
de respiración, separada
del hogar por una criba o suelo
perforado con braveras que
conducían el calor desde
la parte inferior. El hogar
era alimentado con romero,
sabina, enebro, carcasa y otros
arbustos leñosos que
proporcionaba el monte del
término municipal.
El proceso de cocción
duraba entre diez y doce horas,
casi el mismo tiempo que se
dejaba enfriar para poder sacar
las piezas en el deshornado.
Al final del proceso de cocción,
las rendijas y puerta del horno
eran selladas con barro y cascotes
para conservar el calor y obtener
la temperatura adecuada, determinada
a ojo por la propia experiencia
del artesano y próxima
a los mil grados centígrados.
El sulfuro de plomo cocido
a menos de 800 grados puede
ser dañino y en ocasiones
han resultado envenenamientos
producidos al tomar alimentos
ácidos que habían
sido contenidos en vasijas
de baño plumbífero.
La carga del horno debía
ser muy cuidadosa para que
no se tocaran las piezas entre
sí, lo cual produciría
un desperfecto o que se soldaran
algunas piezas con otras en
demasía, impidiendo
luego su separación
o inutilizándose para
la venta.

Inicio
Morfología
La
mayoría de las piezas
tienen un carácter utilitario,
si bien hay algunas concesión
a la estética en aquellas
que son concebidas para mero
adorno. Pueden citarse las
siguientes:
Pucheros
Las piezas que con más
frecuencia y abundancia se
hicieron fueron los pucheros;
de todos los tamaños,
vidriados por dentro al completo
y por fuera excepto en unos
centímetros próximos
a la base, zona de contacto
directo con el fuego. Según
sus tamaños recibían
diversos nombres, "de
taza de caldo", "de
una azumbre", "de
media azumbre", "de
dos volcadas", "de
boda", etc. Y su uso
continuo variadísimo:
contener y beber vino, calentar
agua o caldo, guardar huevos
o legumbres, preparar el
potaje, el cocido u otras
comidas de costumbre, reservar
algún producto de
la matazón, etc. Todos
iban acompañados de
su correspondiente tapa o
cobertera.

Inicio
Morteros
Igualmente de todos los tamaños;
desde el más pequeño
de majar un diente de ajo
hasta los hermosísimos
de hacer "ajoarriero"
(también llamado "ajo"
o "atascaburras")
con cabida hasta para "dos
panes, de tres kilos de patatas,
un litro de aceite, otro
de caldo y su correspondiente
bacalao", que muy bien
podría dar de comer
a quince o veinte personas
en una comida familiar y
amistosa donde se pretende
probar el sabor del nuevo
aceite.
Suelen ir bañados
por dentro y fuera, siendo
dos piezas muy estimadas,
con adornos, con dos asas
o pequeños mamelones
laterales o sin ellos, a
veces con alguna inscripción
referente a su propietario,
muy codiciados en los repartos
de herencias y, puesto que
no todo el mundo disponía
de ellos, objeto de frecuente
préstamos entre vecinos
o familiares.
En general son de forma troncónica,
con base muy estrecha y boca
muy ancha, pero pueden encontrarse
diversas variantes.

Inicio
Orzas
También de todos los
tamaños, bañadas
al completo interiormente
y por fuera únicamente
la boca o un poco más.
Su utilidad principal, de
todos conocida, es la de
ser recipiente para conservar
durante todo el año
los productos de la matanza
del cerdo, chorizos, morcillas,
longanizas, lomo, enajado,
etc. Pero además se
usaban -y se usa- para curar
aceitunas, guardar aceite,
pan, legumbres, prepara encurtidos,
tronchos (puntas de brotes
tiernos de la vid) y agraces
de uva en agua de sal, piñuelos
(piñas de pino piñonero
tiernas, cuando los piñones
están en leche) y,
en fin, cualquier otro uso
que el ama de casa se le
ocurriera o necesitara, viéndose
con frecuencia convertida,
como última dedicación,
en tiesto que acoge un rosal
o un geranio. Eran piezas
destacadas en el ajuar de
una novia.

Inicio
Botijos
De varias formas y tamaños;
bañados por fuera
y adornados frecuentemente
con algún sencillo
dibujo o relieves hechos
con un cucurucho de tela
o papel.

Inicio
Caloríferos
(o "barril calientacamas")
Bañados por fuera,
con un único orificio
que permitía su llenado
de agua caliente y caldear
un poco las sábanas
en los meses de invierno
o confortar a alguna persona
enferma, si le iban bien
este tipo de calor húmedo,
pues si lo que necesitaba
era calor seco se recurría
a un ladrillo macizo puesto
a calentar y envuelto en
algún paño
para atenuar sus efectos.
Estos barriles, antecesores
de las actuales bolsas de
goma, no se hacían
más que de dos tamaños;
uno de sus extremos lisos,
recto, y el otro bombeado,
dándole un peculiar
aspecto.

Inicio
Lebrillos
De varios tamaños,
barnizados por dentro y por
fuera (o solamente parte
del exterior), también
muy estimados en el ajuar
y menaje doméstico.
Servían como depósito
o recipiente para cualquier
actividad que tuviese que
llevar a cabo la práctica
ama de casa: guardar dulces
caseros (magdalenas, rolletes,
galletas, cristalinas, almendrados,
etc.), recoger la sangre
del puerco en la matanza,
adobar la masa para los embutidos,
recoger agua, contener hortalizas
y frutas, amasar, preparar
conservas
etc.
Su boca suele estar muy reforzada
y saliente para así cogerlo mejor, puesto que
no tiene asas o se ven reducidas
a dos mamelones; en ocasiones
disponen de un par de orificios,
cercanos al borde, donde
pasar una cuerda que permita
colgarlos..

Inicio
Lebrillas
En femenino, como los anteriores
en forma y tamaño,
pero sin barnizar y por ello
dedicados a tareas caseras
menos delicadas, como fregar
los platos, lavado de ropa,
aseo personal, preparación
de comida para los animales,
preparación de cal
para enjalbegar, etc.

Inicio
Tinajas
De dimensiones más
reducidas que las bodegueras,
sus tamaños eran equivalentes
a los de todas las orzas,
pero, a diferencias de estas,
las tinajas no se vidriaban;
lo frecuente era que fuesen
bastante mayores que la orza
más grande, aunque
pueden encontrarse de todos
los tamaños.
Se usaban para guardar vino,
aceite, agua, harina, cereales,
legumbres, sal, etc. Solían
tener un orificio en la parte
inferior para permitir su
vaciado y limpieza. Se las
cubría con una tapa
de madera circular con asa.

Inicio
Regadores
Recipiente cilíndrico
con un orificio en la base
para dejar salir el agua
con la que regar el piso
de las casas cuando estas
no disponían de enladrillado
y tenían, únicamente,
tierra apisonada coloreada
con almagra. El ama de casa
se entretenía haciendo
círculos y "caracoles"
(espirales) tapando y destapando
con sus dedos el orificio
de salida del agua, de tal
modo que no le quedaban charcos,
necesitando para ello una
cierta habilidad. Eran piezas
no bañadas y exclusivamente
se usaban para este riego
casero.

Inicio
Arcaduces
O canglones de noria, para
sacar agua de pozos con la
que regar pequeñas
huertas. Sin vidriar. Los
agustinos de Campillo los
compraban para sus norias.

Inicio
Tuberías
De riego o desagüe,
por tramos de un metro, aproximadamente,
que se encajaban unos en
otros, vidriados en el interior.
Al hacerse mucho más
anchas, podían usarse
para cañones de las
estufas y conducir el humo
al exterior de las casas.

Inicio
Fuentes
Para servir la comida, ovaladas
y de varios tamaños
y profundidad, con baño
por dentro y por fuera, servían
a la familia de plato colectivo.

Inicio
Jarras
y jarros
Las jarras con perfil más
sinuoso y esbelto y los jarros
más chatos y rectos,
siempre con un asa y pico
par verter, diversidad de
tamaños y vidriados
interior y exteriormente.

Inicio
Especieros
De tres pocillos, unidos
por el centro entre sí
y permitiendo acoplar un
asa para su manejo; o bien
de cuatro pocillos, unidos
dos a dos del mismo modo
y con el mismo tipo de asa.
Tapaderas con una pequeña
ranura que deja salir el
rabo de la cucharilla. Baño
completo al exterior e interior.

Inicio
Rinconeras
Y maceteros, como piezas
de mero adorno para zaguanes
y pasillos, vidriados, precisamente
por la función estética
que estaban destinado a cumplir,
y de varias formas y tamaños.

Inicio
Comercialización
Lo
más frecuente era que
la gente acudiese a comprar
al propio domicilio del artesano,
cuya vivienda se veía
convertida en almacén-expositor;
portal, cocina, cueva, cámara,
incluso dormitorios eran buenos
para dejar los productos alfareros.
Alguna vez salía a vender
al mercado de la plaza y menos,
aunque también ocurría,
a algunos pueblos de los alrededores,
aceptando también pagos
en especie.

Inicio
El
puchero de las ánimas
En
una colección particular
de Campillo se conserva en
perfecto estado un curioso
puchero petitorio que debió
ser propiedad de una antigua
Cofradía de las Ánimas
del Purgatorio. Este "Puchero
de las Ánimas"
tiene alrededor de la boca
la siguiente inscripción:
"SOY DE LAS ALMAS DEL
PURGº". Por la grafía
de las letras que forman la
inscripción, este puchero
corresponde al siglo XVIII
y es una excelente pieza de
museo.
Está vidriado al completo
y como debió ser una
pieza de encargo destinada
a un piadoso menester, se le
adornó con algunas figuras
ornamentales reazliadas mediante
una técnica de incisión.
Se trata de una pareja de esquemáticos
pajarillos situados a ambos
lados de un jarrón conteniendo
unas flores, ubicados en la
parte delantera de la vasija
y debajo del pico vertedor;
en la parte trasera del mismo,
a un lado y otro del asa, un
par de corazones, uno de ellos
asaetado y con una "A"
mayúscula, quizá
aludiendo a su propietario,
"Animas"; en el desarrollo
del asa, una ondulante guirnalda,
con intención flordelisada,
se continúa hasta la
base en un juego de curvas
entrantes y salientes.
Es una pieza excelente, con
veintiocho centímetros
de altura y trece de diámetro
en la boca, cuyos motivos decorativos
se reproducen a un tercio,
aproximadamente de su tamaño
original. Presenta todas las
características de la
alfarería campillana
en forma y color, si bien,
hecha con mucho mayor esmero
que el común de las
piezas.
Existió en Campillo
de Altobuey una "Cofradía
de las Ánimas Benditas"
perfectamente documentada desde
el siglo XVIII y con noticias
de su funcionamiento mucho
más anteriores, pudiendo
remontarse al siglo XVI.
Entre los cometidos de algunos
de sus cofrades estaba el salir
a pedir por el pueblo; eran
los "pedidores de noche"
y los "pedidores de Carnestolendas";
lo obtenido en estas rondas
era subastado en almoneda pública
y el producto obtenido destinado
al culto de las Ánimas
del Purgatorio. Pues bien,
este puchero y otros similares,
debió utilizarse en
estos menesteres, recogiendo
en él limosnas de vino,
aceite, miel, harina, legumbres,
etc., o bien eran subastadas
directamente, o bien se confeccionaba
con ellas "culebras de
mazapán", "rollos
de colación" y
buñuelos que también
eran subastados.
"Las ollerías
de Campillo de Altobuey: Una
artesanía alfarera que
se extingue", realizado
por Santiago Montoya Beleña,
y basado en la sabiduría
y experiencia del último
artesano alfarero existente
en Campillo de Altobuey: VICENTE
CASTELLANO ESTEBAN.
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