De la ermita de Santa Ana poco se puede decir, pues no se conserva al presente nada más que suportada principal de acceso en arco de medio punto. sus dimensiones eran notables, disponiendo un cuadrado de unso veinticinco o treinta metros de lado; se desconoce toda su disposición y distribución interior, posiblemente de una sola nave, recorrida por poyos para sentarse, con coro, altar mayor y colaterales, blanqueada, y con un campanario que costó 282 reales, hecho en 1.655; sus paredes eran de tapial y sólo la puerta y marcos de vanos eran de sillar bien cuadrado y dispuesto. Su ubicación estaba también en las afueras de la población, junto a caminos que no llevaban a pueblo vecinos, pero sí a zonas de labor y pastoreo de la localidad..

En cuanto a la documentación, se conserva un libro de cuentas manuscrito que va dese junio de 1.601 hasta agosto de 1.852, que nos permite señalar el final del culto en la misma y su transformación en cementerio parroquial por saturación de enterramientos en la propia parroquia, y señalar también el último cuarto del siglo XVI, o un poco antes, como la época de su construcción; es decir, a la vez que el resto de otras grandes ermitas campillanas comentadas.

Del libro de cuentas antes indicado, se pueden espigar algunos datos útiles para el conocimiento de su historia, sobre todo de su retablo principal, que debió ser una pieza destacada, por el tiempo que tardó en hacerse, artistas que intervinieron y pagos que sobre el mismo se efectuaron. De 1.612 a 1.624 se efectuaron pagos por valor de 155.690 maravedíes (4579 reales) para el tallar, dorar y pintar el retablo. En 1.658 se encarga un lienzo bocaporte para el retablo y, salvo trabajos menores de dorado posteriores, ya se puede dar por finalizado el retablo, del que por desgracia nada más sabemos. En 1.746 se gastan 30 reales en un cuadro de Cristo Cruzificado que se puso en la ermita, y en 1.818 se pagan 425 reales a Sabas Fernández, pintor del Picazo, por la "perspectiva" y jaspes de la mesa del altar.

La ermita tenía censos, tierras (el haza de Santa Ana), pozos, que junto con las limosnas (trigo, lana, dinero...), eran sus fuentes de ingresos más importantes. Se hacía una procesión con la imagen de la virgen de la santa en la que participaban el clero de la villa, adornándose la ermita, dentro y fuera, durante sus fiestas, con abundantes ramos y enramadas, que, al parecer, la gente se los llevaba después y pagaban por ellos una limosna seguramente por atribuirles alguna protección. No es extraño el culto a la abuela Santa Ana; antes bien, es muy frecuente y está extendido por todas partes de la geografía al ser la protectora de la maternidad, de los víveres, de las mujeres casadas, de la ginecología y del ámbito doméstico femenino.


En 1.852, en la anotación de una visita se dice; "que ya no existe y se ha hecho campo santo...". Su último mayordomo fue Don Julián Mateo, clérigo de órdenes menores. Desde esta fecha hasta principio del siglo XX sirvió de cementerio.


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